abril 4, 2025

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“Las Lentas” ¡así con negritas!

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Ha llegado el momento tan esperado por muchos, tan anhelado por otros y de relax para la gran mayoría, el momento cuchicuchi… el momento chingüengüenchón, el momento del ligue.


Para todos aquellos chavorucos, veteranos con la juventud acumulada, va a ser una dulce evocación a varias décadas atrás, incluso una rememoración del siglo pasado.
Resulta que los años 70, 80 y gran parte de los 90, en nuestra gran ciudad de México, se organizaban lo que se llamaban “tardeadas”, por lo general los viernes y los sábados.
En algunos lugares era con música en vivo, con grupos que tocaban de todo, en otros, era con el clásico “sonidero”, que por lo general se especializaba en música tropical.
Y a los que acostumbraban a ir a estos eventos, había algo que los motivaba desde el fondo de su corazón y era ese instante en que se escuchaban “las lentas”.
Sí, así era como se le conocía a la música suave, arrulladora, cachondona, música que invitaba al ligue, a la conquista, a la cercanía y que por lo general eran baladas o boleros.
Es que Las Lentas fueron algo así como el momento más sublime de sus noches de baile, aquellas en las que gastaban pantalones Topeka, camisas de manga de pirata y mocacines, tenis o botas, impecables, bien boleados.
Convenía ir perfumado con Brut, Jockey Club o Jovan, además de ir equipados con un paquete de Chiclets Adams, o pastillas de menta, y todo estaba listo para la conquista.
Y mientras bailabas música de Creedence, Los Monkees, Carlos Santana, nos sorprendían con una “lenta” de los Ángeles Negros, los Solitarios, los Terrícolas, o de Yndio.
¡Mamita! ¡Te temblaban las piernas! Era el instante que estabas esperando durante toda la noche y, sin embargo, nunca parecías preparado.
Entonces te podían pasar dos cosas: o que tu compañera de baile huyera despavorida o que se quedara paradita ahí, frente a ti, en espera de que te decidieras.
Eso quería decir que aceptaba continuar bailando contigo, avanzando, más que un escalón, una escalera entera en la relación, era el momento de ir por todas las canicas y negra el que se raje, era el momento en que la adrenalina te recorría de pies a cabeza.
Allí comenzaba una ceremonia comparable al momento en que un pollito rompe la cáscara de su huevo. Es que sucedía algo muy torpe y tierno a la vez.
Uno, con un alto grado de timidez, se acercaba y esperaba que ella pusiera sus manos sobre tus hombros para, luego, despacio, dejarte que apoyaras las dos palmas de tus manos en su cintura, que a esas alturas era el cielo mismo.
Si conseguías pasar ese trámite sin desmayarte ni pisarle los dos pies a tu compañera, se abría el juego más maravilloso que podía practicarse en esos lugares atiborrados de gente.
Estaba bien visto quedarse callado y disfrutar el primero o un segundo tema, pero ya en el tercero tenías que animarte a hablar, de lo que fuera.
Ya intentarlo era una ventaja, porque ella, que era dueña de la distancia, iría cruzando con lentitud sus brazos en tu cuello para escucharte mejor y ponerse más cerca.
Así, mientras acompañabas ese movimiento con las manos hacía su espalda, podías conocerla mejor. El nunca bien ponderado “¿vienes todos los sábados?” era, sin embargo, todo un clásico, aun en salones, en cafés o en la calle donde quiera que se realizara la tardeada.
Preguntar el nombre de entrada, tampoco era conveniente, y menos que eso ensayar un piropo, que podía resultar hasta agresivo en esos primeros momentos de la relación.
Al final, si lograbas superar la primera tanda, la noche era toda tuya, y tal vez ella también. Porque, pocas cosas en la vida te han dado tantas emociones y escalofríos…
Porque al mundo le hacen falta más hombres que tiemblen frente a una mujer…
Porque todavía no han inventado nada en los lugares de baile que puedan superarlos…
Por todo eso y mucho más hay que gritar: ¡qué vuelvan Las Lentas!
No que ahora, se ha perdido toda esa magia, se ha esfumado el arte de la seducción, del ligue, del acercamiento de manera paulatina y sin precipitaciones.
En fin, cada juventud va imponiendo sus normas y las vive de acuerdo al ritmo que se les va imponiendo, es parte esencial de la vida.
¿Y tú… bailaste “las lentas” alguna vez? ¿Aún recuerdas esos momentos tan especiales?