abril 4, 2025

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La última Generación

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Yo sé que a más de uno le va a salir roncha y la verdad es que no importa, le duela a quien le duela… pero es la verdad y la verdad no duele ni ofende esclarece.

Para los que quieran saber por qué los adolescentes hoy en día le faltan el respeto a los padres, a los profesores y a todos los demás, aquí les dejo unas cuantas razones:

Yo crecí comiendo la comida que se ponía en la mesa, no existía el, no me gusta o eso no quiero, te la comías porque te la comías o te tocaba una buena madriza.

No había televisión en mi cuarto, por lo que tenía que pedir permiso para ver algún programa, pero era obligado hacer la tarea antes de sentarse frente al televisor y eso no era negociable, así que tejones porque no había liebres.

Saludábamos a todos con amabilidad y cordialidad, tratábamos a las personas mayores de “usted”, más a nuestros padres y tíos, y aunque estuvieran equivocados, no podíamos sacarlos de su error ya que eso era una falta de respeto, sobre todo en una plática que no era con nosotros, en las pláticas de mayores, los “chicos” no teníamos ni voz ni voto.

 Íbamos a la escuela todos los días, hiciera frío, calor o lluvia, faltar a clases no era una opción y mucho menos se podía poner una excusa tan banal para hacerlo.

Se respetaba la imagen de autoridad en la escuela, tanto a los profesores, al director y a los mismos compañeros. Se respetaba a los padres, tíos, abuelos, hermanos mayores.

Cuando una persona mayor ingresaba al salón de clases, todos teníamos que ponernos de pie y saludar de manera educada, además, había que guardar silencio mientras el maestro o la maestra hablaban con esa persona.

Teníamos un solo par de zapatos pará ir a la escuela, los cuales formaban parte del uniforme y debían estar bien boleados siempre, un par de tenis para salir y hacer educación física, había que lavarlos con frecuencia, la ropa que usábamos a diario, no era de “marca”.

Cuando llegaba tarde a casa, por cualquier motivo, recibía un castigo, un zape, un regaño o ya no había permiso para la próxima vez, pero era por nuestro bien.

Cuando un profesor me castigaba, llamaban a mis padres a la escuela, eran momentos de verdadero nerviosismo y terror ya que, al contrario de defenderme, mi padre o mi madre, llegaba a la dirección, escuchaba la queja y yo recibía otro castigo de mi padre o madre.

El profesor siempre tenía la razón y había reglas que respetar, tanto en la escuela y en la casa, así que, si no sabías mantener la postura, te tenían que corregir.

Ah, no olvido el cinturón de mi padre, la chancla de mi madre, los “cocos” que me daba mi viejo cuando hacía algo que le molestara, o los “zapes” que me daba mi madre cuando la hacía encabronar, lo cual, no era tan seguido como muchos se imaginarán.

Mi madre conocía a la mayoría de mis amigos, sabía quienes eran los más “cabroncitos” o quiénes eran los estudiosos, de ahí que no permitieran más convivencia con ellos.

Salíamos a jugar a la calle y teníamos un horario que había que respetar, incluso, aunque no se completara el horario, si nos gritaban o nos chiflaban, se acababa todo.

No tenía ni existía el teléfono móvil, ni la Tablet y mucho menos la computadora.

Recuerdo que cuando mi padre compró una “consola” con tocadiscos, me pasaba las horas escuchando mi música, para lograrlo, no sólo había que portarse bien, sino estudiar mucho.

Después, ya se podían grabar los discos a los “cassettes” y entonces podías conservar los “vinilos” para que te duraran más, era estupendo.

No olvido cuando mi madre pudo contratar una línea telefónica, ya no tenía necesidad de salir a la cabina en la calle, ni hacer cola esperando poder hacer una llamada, aunque claro que en casa, las llamadas eran super cortas y todos escuchaban lo que decías.

Ayudaba a mi madre y padre en las tareas del hogar, lavaba los trastes de la comida, barría, trapeaba, limpiaba las ventanas o lo que me mandaran, y nunca pensé que era explotación infantil, contaba con el tiempo necesario para dormir.

Cuando sacaba buenas calificaciones, no recibía regalos o grandes muestras de alegría, porque no hacía más que cumplir mi obligación, como decía mi padre, “es lo único que tienes que hacer así que debes hacerlo bien”.

Las malas calificaciones, o de baja puntuación, representaban un castigo seguro, pero eso era solo un correctivo y no un caso policial, ni tampoco me traumaron

A los diez años ya me iba solo a la escuela y me regresaba solo, aquello me daba una sensación de libertad que siempre aprecié y la cual pude disfrutar de manera plena y total, caro que había que tener mucho cuidado al cruzar las calles.

Tal vez por la educación rígida y severa que me dieron mis padres aprendí a diferenciar entre el bien y el mal y mi conciencia era más que suficiente para elegir el camino a seguir.

La mayor parte de mis recuerdos son gratos, la educación que recibí es ahora, mi carta de presentación y parte de mi personalidad.

Me siento bien conmigo mismo y trato de inculcar en mis hijos parte de todo aquello que me tocó vivir en el seno familiar.

Menos consentimiento y más disciplina para esta generación de milenials, esto es lo que el mundo está necesitando:

Orden, respeto, disciplina, bondad, educación, obediencia y amor.

¡por un mundo donde no solo haya derechos, sino también deberes!

Viví en una generación que nunca volverá.

¿Y tú… qué fue lo que viviste?